| La Ribera del Duero |
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Del saber ancestral de los antiguos habitantes de estas tierras se ha extraído el mimo con el que se cuidan las uvas hasta hacer que las cepas marquen el paisaje de Ribera. Un paisaje que define la personalidad de aquellos pobladores que, en los albores de los siglos X y XI se empezaron a constituir en nuevos núcleos de población que son hoy el referente del arte de hacer vino. El empuje comercial de los bodegueros y viticultores recoge la tradición, que queda patente desde los romanos, para introducir nuevas técnicas y prácticas para traspasar su cultura del vino ancestral, al ritmo actual. El Duero, que une el Urbión con Portugal quiere a esta comarca y le ha dotado de una benévola climatología en medio de la meseta castellana para proporcionar 115 kilómetros de oasis enológico. Esto ha permitido que la naturaleza ofrezca a sus vides el contraste entre el tórrido verano y el gélido invierno, lo que sumado a la escasez de lluvias hace que maduren unas uvas únicas que ponen una porción de Naturaleza en cada botella. Porque el frío retrasa el brote de la vid, pero el marcado balance de días y noches de verano hace que en otoña la uva esté lista para ser recogida, ofreciendo las altas cotas de calidad. No una uva cualquiera sino, sobretodo, la Tinta del País o Tempranillo, la más utilizado porque ofrece color, aroma y el cuerpo que un Ribera del Duero necesita para meter en botella su recia identidad. Además otras uvas se suman a esta magia creadora de tintos de ensoñación: Cabernet-Sauvignon, Merlos, Malbec y la ganacha tinta que hacen de los tintos un rústico deleita para todos los sentidos. Pero la Ribera también se nutre de uvas blancas, con sabor local, conseguido con el Albillo o Blanca del País, marcando la identidad de esta comarca. El Duero ha sido testigo silencioso de la historia medieval del país, ha sabido marcar tiempos y ha creado una frontera natural en todo su recorrido, pero para el tema vinícola, se ha esforzado en una región única de más de 100 pueblos, donde la tierra ha mirado al agua para obtener el oro tinto. En pleno pulmón de Castilla y León, las uvas crecen entre los 700 y los 1.000 metros de altitud en suelos arcillosos que dan personalidad y sabor a sus vinos, crecido en las ricas ladera del cauce de un Duero que se ha fijado sólo en una anchura de 35 kilómetros a su paso por esta tierra de carácter. Un carácter que los bodegueros han sabido imprimir a sus vinos, con tesón y constancia propia de castellanos que han apostado por cuidar la calidad de sus vinos, hasta colocarlos en un lugar privilegiado, dentro y fuera de sus propias fronteras, como demuestran cada día viticultores y bodegueros que dan prestigio a esta tierra del vino. Voluntad, tesón y constancia son las claves que se premian a través de los tintos en los más prestigiosos certámenes y concursos a donde acuden las bodegas de la Denominación Ribera del Duero. Medallas de oro líquido tinto que satisfacen todos los paladares, hasta posicionarse en la cabeza del mapamundi enológico. La voluntad de servicio se marca a través de la gran variedad vinícola que ofrece la Ribera del Duero, donde más de 400 marcas ofrecen un abanico de vinos, siempre con la calidad como bandera, para adaptarse a cada público y cada momento, marcando tiempos y acompañando en los mejores brindis. Su oferta vinícola se viste de lujo en cada carta de vinos, desde el vino joven más fresco, hasta el cuerpo y prestancia de una gran reserva, todos con una única marca: la garantía de origen y calidad que marca el Consejo Regulador de la Ribera del Duero. Estas son algunas de sus variantes:
Frente al delicado y penetrante aroma de un tinto el rosado, que se puede disfrutar poco tiempo después de la vendimia, se muestra fresco y ligero, más sutil, pero igualmente interesante. |